Mostrando entradas con la etiqueta Esther Charabati. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Esther Charabati. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de marzo de 2012

Café Filosófico "¿Qué ganamos y qué perdimos con el feminismo?"

Por aquello del día internacional de la mujer, comparto este correo que me mandó Esther Charabati hace dos semanas... muy interesante sin duda, buen tema para el análisis, la reflexión y la discusión...

1. ¿Cuáles son las diferencias entre las mujeres y los hombres de hoy, y los de los años `40?

2. ¿Cómo ha influido la liberación femenina en su vida cotidiana?

3. ¿Qué añoran de esa época?

4. ¿En qué sentido la liberación femenina es también una liberación masculina?

El dinero y las mujeres

Dinero y mujeres. Un tema del cual siempre hay algo que decir, porque en el dinero están depositados muchos valores como el amor —por algo la esposa es la dueña de mis quincenas—, la virilidad —porque con las mujeres, todo es llegarles al precio—, y el poder —¡Para eso te mantengo!—. Los hombres juegan con la imagen de la mujer-usurera que los explota, la mujer-dilapidadora que se gasta hasta el último centavo y la mujer-niña que depende del dinero que le trae su marido-papá. Y sólo él.

Muchas mujeres temen al trabajo porque han hecho suyos los temores de los hombres y de la sociedad patriarcal: Al trabajar fuera de casa y ganar su propio dinero, la mujer pierde su femineidad (¿será que femineidad es sinónimo de dependencia?), daña la relación con su pareja pues empieza a competir con él, y lesiona en forma irreversible su instinto maternal, pues descubre que es capaz de desarrollar otra actividad que no sea la de atender casa e hijos durante veinticuatro horas al día.

Partiendo de esas premisas, son muchas las mujeres que, a pesar de que trabajan, hacen como si no ganaran dinero, es decir, le entregan al jefe de la casa todos sus ingresos, los esconden para hacerle un regalito o se lo gastan sin que él se dé cuenta. Con ello parecen avergonzarse de percibir un sueldo, por un lado, y por el otro, demuestran que se sienten incapaces de administrar el dinero. Esta misma actitud se desprende de las viudas que entregan a algún varón de la familia su dinero para que se los administre, y de las profesionistas que no se atreven a cobrar lo justo por sus servicios. Así se mantienen como mujeres desprotegidas (pero femeninas) que siguen necesitando de la fuerza y la inteligencia de los varones.

Ellas, en el mejor de los casos, se mantienen como administradoras de la caja chica. Son las Bartolas que con dos pesos pagan la renta, el teléfono y la luz, buscan ofertas y ahorran centavos mientras sus maridos deciden las grandes inversiones con el patrimonio familiar y no despilfarran centavos, sino pesos.

¿Por qué entonces la necedad de estas mujeres de trabajar y de duplicar la jornada obedeciendo al jefe y al marido, atendiendo clientes e hijos, rompiéndose la cabeza con contratos y con goteras, con facturas y con tareas? ¿Por qué someterse al horario del marido y al del reloj checador?

Porque el mundo laboral ensancha el espacio de las mujeres que ha sido, por definición o por historia, restringido. La mujer que no trabaja generalmente no puede alejarse mucho del hogar porque no tiene adonde ir; por lo mismo, sus conocidos y sus actividades son también limitados. Su mundo es angosto en metros y en posibilidades. Es predecible y rutinario, sus conversaciones giran en torno a la comida, los niños y la gente, y convierten las noticias en anécdotas.

Sin duda, ése era el paraíso de los machos, que aseguraban la fidelidad y la ignorancia de la esposa encerrándola en la casa. Pero como los machos son una especie que se adapta a cualquier situación, hoy los encontramos en la sala, viendo la tele, mientras la mujer liberada trabaja para mantenerlos. Paradojas de la liberación.

Esther Charabati

lunes, 5 de marzo de 2012

Café Filosófico "¿El amor acaba con la rutina o al contrario?"

Queridos cafepensadores:

La vez pasada estuvimos discutiendo sobre la improbable omnipotencia de la voluntad: querer no siempre es poder, pero en ocasiones sí, y sólo por ésas ha de valer la pena poner a prueba a la voluntad. La próxima ocasión -dado que quedó en mis manos la elección- nos preguntaremos si el amor acaba con la rutina o más bien es la rutina la que acaba con el amor. Les dejo unas preguntas y un artículo.

1. ¿Pueden convivir la rutina y el amor?

2. La costumbre disminuye los riesgos: ¿existirá el amor sin riesgo?

3. Aristóteles afirmaba que la costumbre vuelve todo agradable. ¿Será cierto?

4. El amor al trabajo, al estudio, a viajar… ¿también se convierten en costumbre?

Un futuro déjà vu

Algunas personas le tenemos fobia a la rutina. La idea de que la vida se repite permanentemente, de que todos los sábados serán iguales, y todos los domingos se parecerán unos a otros… Saber que todos los días iremos a trabajar, volveremos a casa para comer platillos del mismo menú, pasaremos dos horas frente a la computadora, veremos los mismos programas, cenaremos con los mismos amigos con los que retomamos los consabidos temas de conversación… Debe ser esa reiteración de lo mismo lo que nos asusta: la idea de que ya vimos todo, de que nada nos asombrará, una sensación de déjà vu proyectada hacia el futuro.

No es que la vida requiera aventuras todos los días, pero reconozcamos que la vida moderna —al menos la que hemos elegido— no se caracteriza por las sorpresas. En ocasiones oprimimos el botón de la contestadora con la secreta esperanza de escuchar una voz nueva, sin referencias, que no tengamos manera de ubicar. Y si aparece, acompañada de un nombre y un apellido desconocidos, echamos a volar la imaginación: ¿Será una oferta de trabajo totalmente novedosa? ¿Alguien con noticias inusitadas? ¿El esperado príncipe azul? Es cierto que a menudo no es más que un empleado de banco ofreciendo una tarjeta de crédito, pero durante unos minutos nos damos el lujo de concebir algo distinto a lo cotidiano.

¿Qué tiene de malo lo cotidiano? En realidad nada, salvo la repetición compulsiva de lo que somos y hacemos. No ignoramos que nos da una estructura indispensable para mantener un equilibrio interno: inventar diariamente cada uno de nuestros actos sería una empresa titánica que agotaría nuestra energía impidiéndonos crear cualquier cosa fuera de lo estrictamente necesario. Si bañarnos, lavarnos los dientes, desayunar y revisar el correo no fueran actividades mecánicas que no demandan esfuerzos, sería imposible encontrar el tiempo para llamarle a un amigo, ir a comprar un disco, ensayar una nueva receta, amar. Sabemos que la estructura estable del exterior nos da seguridad (¡Imagínense que diariamente tuviéramos que buscar la televisión, el refrigerador o nuestra calle!). Y no hablamos de un orden perfecto, donde nada cambia, sino de ese orden más o menos aceptable que nos permite movernos en el mundo como en un espacio familiar.

Quienes estamos peleados con la rutina —lo cual no significa que escapemos a ella— estamos en busca constante de grietas en la cotidianeidad: esos pequeños resquicios por los cuales se filtran de repente ideas nuevas, proyectos inéditos, personas desconocidas, lugares hasta entonces anónimos. Podemos soportar e incluso disfrutar la rutina siempre y cuando sepamos que no llena el espacio, que no mata la ilusión, que no nos espera un futuro pasteurizado.

Esther Charabati

lunes, 27 de febrero de 2012

Café Filosófico "¿Querer es poder?"

Si querer es poder, ¿por qué no logramos todo lo que queremos? ¿Es falta de voluntad?

Si lograr lo que quiero me enseña a conocer mis capacidades, ¿qué me enseña el no lograrlo?

¿En qué sentido puedo decir que mi voluntad es mía? ¿En qué sentido no lo es?

¿Es posible que queramos y no queramos algo al mismo tiempo?

¿Cuál es la relación entre voluntad, deseo y razón?

Una dosis de humildad

“La humildad es una tristeza nacida de la consideración que el hombre tiene de su impotencia o de su debilidad”

Spinoza

La humildad nunca ha sido una virtud muy popular, probablemente porque implica la tristeza de no ser más que uno mismo. Cuesta tanto trabajo tomar distancia de la gloriosa idea que cada uno se hace de su propia persona que, como dice Comté-Sponville, “todo conocimiento es una herida narcisista”.

Los grandes descubrimientos científicos de nuestra era parecen ser un desafío a la humildad: “¿No que no se podía volar? ¿Así que es imposible trasplantar un riñón? Nosotros lo hemos logrado”. En realidad la ciencia y la tecnología derivan más de la humildad que de la vanidad o el orgullo, porque ser humilde no consiste en menospreciarse sino en reconocer la propia valía y las propias posibilidades. Hasta ahí.

Hoy la humildad parece aún más difícil de alcanzar, porque hemos asumido la consigna de la sociedad moderna: “Nada es imposible”. Si a eso le sumamos el valor que se otorga a la voluntad, “Si quieres, puedes”, y a la imagen que proyectamos “Como te ven, te tratan”, es comprensible la dificultad que enfrentamos cuando queremos aceptarnos como somos. Más bien optamos por ser nuestros propios promotores y por desafiar las limitaciones, heredadas o adquiridas, que nos caracterizan. Esto es sensato y loable, cuando están dadas las condiciones mínimas para lograrlo.

Lo difícil, como siempre, es distinguir cuándo la aceptación de sí mismo es una actitud cobarde y resignada, y cuándo una virtud. Quizá una de las claves esté en los objetivos que se buscan y en las posibilidades de alcanzarlos. Si una persona común y corriente se dedica a estudiar, reconociendo su ignorancia, para saber más o tener más posibilidades de empleo, por ejemplo, nos da la idea de que su propósito es desarrollar sus potencialidades. Pero si su intención es superar a Einstein u obtener el reconocimiento de la comunidad internacional, es más fácil que se trate de una cuestión de vanidad, de desconocer sus límites. En otros campos, las fronteras son más difusas: ¿La cirugía plástica es una falta de humildad, de aceptarse con sus defectos y su edad o una manera de mejorar? Nuevamente, apuntamos al objetivo: ¿lo que se busca es algo factible verse mejor, o huir de la vejez?

Y la vejez es, precisamente, una de las etapas de la vida que requiere más humildad para aceptar con tristeza pero sin amargura que las piernas no responden como antes, que no se puede viajar sin compañía, que es imprudente conducir un auto, que la vida se va achicando a la medida de nuestras posibilidades. Aceptar los procesos sin odio, sin envidia, sin hacer sentir culpable a nadie supone una dosis de humildad que, supongo, hay que ir creando a lo largo de la vida.

Esther Charabati

Café Filosófico (Etapa 0)

Les cuento, el pasado 18 de Enero recibí un correo que, a decir verdad, me pareció un poco extraño por dos razones: la primera fue que me lo hizo llegar una persona con un nombre que a mi particular punto de vista se me hizo raro y dos, porque, a pesar de ser un correo de alguien ajeno a mis conocidos, resultó que no era SPAM, sino una invitación a algo que me resultó por demás interesante.

La invitación decía que cada lunes se reunían en un café de la cd. de México hombres y mujeres a platicar sus inquietudes de la vida cotidiana y así.

Desgraciadamente pues yo vivo en Tepic (y el desgraciadamente no lo digo por el gobierno municipal cuasi-invisible que tenemos, no vayan ustedes a creer...) y obviamente no iba a ir cada lunes a esas reuniones, entonces, le contesté que gracias por la invitación pero que no podía asistir, y ella me contestó diciéndome: "No te preocupes, te puedo mandar la información semana a semana..."

Los temas que me manda son por demás interesantes así que decidí pedir su autorización para publicarlos en mi humilde blog, a lo cual me respondió afirmativamente.

Y es así cómo nace esta pequeña sección en mi blog, donde únicamente haré una transcripción fiel (lease "Copy-Paste") de lo que me manda ésta escritora, que hasta ahorita sigue siendo un misterio para ustedes, su nombre es Esther Charabati.

Espero les guste ésta sección que hoy inicia.