domingo, 8 de julio de 2012

Mariotto ataca



Por Horacio Dall'Oglio
Daniel Scioli se miró en el espejo del baño, se apoyó en el lavatorio y pensó en las ganas que tenía de dejarse crecer la barba. Nada terrible, sólo una barba crecidita de tres o cuatro días. En ese momento también pensó en la mala administración que tenía su cuerpo con respecto al pelo. ¿Por qué esa entrada de su cabeza se empecina en expandirse cual frontera agrícola fumigada con Raundup, mientras la barba insiste todos los días en salir? Un buen gobernador debe tener una buena cabellera si quiere ser respetado, se dijo así mismo, pero enseguida recordó a Manuel De La Sota y desistió de la idea. Se lavó la cara, se secó con una toalla de mano y volvió a mirarse, concentrándose esta vez en el tamaño de sus ojeras. Dicen que si lo pronuncias tres veces en voz alta se te aparece por atrás, le había dicho Gustavito Marangoni, el presidente del Banco Provincia, para gastarlo. Daniel se rió frente al espejo. De pronto se concentró, adoptó un aire de conferencia de prensa y dijo: “MARIOTTO”. No pasó nada, solo el goteo de la canilla mal cerrada se escuchó en el baño. “MARIOTTO”, dijo de nuevo y sonrió incómodo. Esperó unos segundos, se armó con un cepillo de dientes por las dudas, y sin darse vuelta dijo por tercera vez: “MARIOTTO”. No hubo caso, “yo sabía que este Marangoni me estaba verseando”, dijo mientras salía del baño rumbo al hogar de leña, rascándose la nuca.
 El día ya estaba hecho, solo faltaban unos retoques al discurso del sábado, un cachín de dialoguismo y listo. Ahora que Karina se apolilló temprano, necesitaba un poco de calor, una buena peli, y cucha cucha capital, pensó, frente al televisor, con el control remoto en mano. Una de buena de Bruce Willis o de Schwarzenegger, nada de Mell Gibson o Jakie Chan. Dejó en TELEFE y se fue a descolgar el fierro para revolver las brazas. Se agachó, puso unos troncos y se quedó viendo las chispas que empezaban a salir del fuego, se calentó un poco y después volvió a la tele. Virginia Lago empezaba a presentar una de esas películas pedorras con su voz pausada y su cara de haberse fumado un cargamento de marihuana incautado por Casal. Daniel chistó y enseguida cambió. Pasó por Encuentro, ni en pedo me pongo a ver al Chango Spaziuk en el monte chaqueño, se dijo, y cambió al canal de “La Corpo”. Enseguida, Marcelo Tinelli gritó “¡Fuerte el aplauso para la señorita Florencia Peña y su nuevo bailarín!”, y la cámara se corrió a la pareja que entraba tomada de las manos por las escaleras, entre el humo artificial y las luces de colores. “Voy a chusmear un poco”, dijo el ex motonauta y se sentó en el sillón frente al televisor. “¡¿Qué?! Noooo, ¿Es él?”, dijo agarrándose la frente. Ahí estaba Mariotto de jean celeste y camisa cuadrillé, saludando a Tinelli. “No puede ser…”, incrédulo, cambió de vuelta al once donde Virginia Lago seguía parsimoniosa, y volvió al trece para ver si no era una alucinación. No era, ahí estaba el mismísimo Gabriel Mariotto por bailar Regeeton. “Se fue a la mierda, este chavón, con tal de hacerme la contra ahora baila con el dueño de San Lorenzo. Dejate de joder…”. Fueron tres minutos horribles, Florencia Peña hizo todo tipo de piruetas, saltos olímpicos, meneaitos, perreos, mientras el vicegobernador de Buenos Aires parecía estar bailando cumbia santafesina. “Ahora lo van a re cagar a pedo”, dijo Scioli entusiasmado, acercándose más al televisor.
 El jurado fue categórico; Moria Casan, Gasalla y hasta Polino le pusieron un diez. “¡Ta que te tiró de las patas, Garchalla!”, le gritó Daniel a la tele “¡¿No ven que es de madera?!” Después del festejo de la pareja de bailarines, del Aleluya de fondo, de los papelitos al aire, después de todo, Mariotto le arrebató el micrófono a Tinelli, y sin poder despegárselo de su mano, miró a la cámara y dijo “Para vos Daniel”, se besó el indicé derecho y lo apuntó hacia adelante. El control remoto voló en el sillón y cayó al piso desarmado. De pronto la señal se fue y apareció la pantalla llovida. “¿Qué carajo hice?”, se preguntó Daniel recogiendo los restos del aparato. Le bajó el volumen a la tale con los botones del frente, pero no pudo cambiar de canal. La imagen llovida seguía estando. Después quiso apagarlo, pero el botón no respondió. Fue hasta la zapatilla de atrás donde tenía todo conectado, y empezó a sacar enchufes. “¿Este cuál es, el del DVD? Este debe ser, no tampoco, es del equipo. ¿Este?”, pero aún después de sacarlos todos el televisor seguía encendido y con la pantalla llovida. Repentinamente, se formó una cara en la imagen, después una camisa cuadrillé, un jean celeste y…Mariotto empezó a salir de la tele. Primero con una mano hacia adelante, después la otra, después la cabeza, hasta que se cayó al piso porque la tele estaba sobre un mueble de un metro veinte. “Así que me estabas llamando en el baño, acá estoy Daniel, vengo por vos…”, le dijo Mariotto, reponiéndose. Scioli, impávido, se acercó a la chimenea y agarró con disimulo el fierro para revolver las brazas. “¿Qué te pareció mi baile, Daniel?” dijo Mariotto y dio una risotada al aire. “Horrible, pésimo. Tenés menos gracia que Riquelme enojado”. “Vení que te doy un abrazo, compañero”, dijo Mariotto y se le tiró encima. Pero Scioli no pudo hacer nada porque su mujer le pegó un codazo impresionante en la cama para que se quede quieto, y volvió a dormirse, ahora más tranquilo.