lunes, 5 de marzo de 2012

Café Filosófico "¿El amor acaba con la rutina o al contrario?"

Queridos cafepensadores:

La vez pasada estuvimos discutiendo sobre la improbable omnipotencia de la voluntad: querer no siempre es poder, pero en ocasiones sí, y sólo por ésas ha de valer la pena poner a prueba a la voluntad. La próxima ocasión -dado que quedó en mis manos la elección- nos preguntaremos si el amor acaba con la rutina o más bien es la rutina la que acaba con el amor. Les dejo unas preguntas y un artículo.

1. ¿Pueden convivir la rutina y el amor?

2. La costumbre disminuye los riesgos: ¿existirá el amor sin riesgo?

3. Aristóteles afirmaba que la costumbre vuelve todo agradable. ¿Será cierto?

4. El amor al trabajo, al estudio, a viajar… ¿también se convierten en costumbre?

Un futuro déjà vu

Algunas personas le tenemos fobia a la rutina. La idea de que la vida se repite permanentemente, de que todos los sábados serán iguales, y todos los domingos se parecerán unos a otros… Saber que todos los días iremos a trabajar, volveremos a casa para comer platillos del mismo menú, pasaremos dos horas frente a la computadora, veremos los mismos programas, cenaremos con los mismos amigos con los que retomamos los consabidos temas de conversación… Debe ser esa reiteración de lo mismo lo que nos asusta: la idea de que ya vimos todo, de que nada nos asombrará, una sensación de déjà vu proyectada hacia el futuro.

No es que la vida requiera aventuras todos los días, pero reconozcamos que la vida moderna —al menos la que hemos elegido— no se caracteriza por las sorpresas. En ocasiones oprimimos el botón de la contestadora con la secreta esperanza de escuchar una voz nueva, sin referencias, que no tengamos manera de ubicar. Y si aparece, acompañada de un nombre y un apellido desconocidos, echamos a volar la imaginación: ¿Será una oferta de trabajo totalmente novedosa? ¿Alguien con noticias inusitadas? ¿El esperado príncipe azul? Es cierto que a menudo no es más que un empleado de banco ofreciendo una tarjeta de crédito, pero durante unos minutos nos damos el lujo de concebir algo distinto a lo cotidiano.

¿Qué tiene de malo lo cotidiano? En realidad nada, salvo la repetición compulsiva de lo que somos y hacemos. No ignoramos que nos da una estructura indispensable para mantener un equilibrio interno: inventar diariamente cada uno de nuestros actos sería una empresa titánica que agotaría nuestra energía impidiéndonos crear cualquier cosa fuera de lo estrictamente necesario. Si bañarnos, lavarnos los dientes, desayunar y revisar el correo no fueran actividades mecánicas que no demandan esfuerzos, sería imposible encontrar el tiempo para llamarle a un amigo, ir a comprar un disco, ensayar una nueva receta, amar. Sabemos que la estructura estable del exterior nos da seguridad (¡Imagínense que diariamente tuviéramos que buscar la televisión, el refrigerador o nuestra calle!). Y no hablamos de un orden perfecto, donde nada cambia, sino de ese orden más o menos aceptable que nos permite movernos en el mundo como en un espacio familiar.

Quienes estamos peleados con la rutina —lo cual no significa que escapemos a ella— estamos en busca constante de grietas en la cotidianeidad: esos pequeños resquicios por los cuales se filtran de repente ideas nuevas, proyectos inéditos, personas desconocidas, lugares hasta entonces anónimos. Podemos soportar e incluso disfrutar la rutina siempre y cuando sepamos que no llena el espacio, que no mata la ilusión, que no nos espera un futuro pasteurizado.

Esther Charabati